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“Señor, Enséñanos a Orar”

Lucas 11:1

 

Cuando sus discípulos le pidieron a Jesús que les enseñara a orar, él les dio un modelo de oración que se conoce como “el Padre nuestro”. No se los dio como una fórmula mágica, ni para que se repitiera mecánicamente, sino para que su contenido les sirviera de  ejemplo para formular sus propias oraciones.

En el “Padre nuestro” notamos dos partes: La primera está relacionada con Dios,  es decir, con su nombre, su reino y su voluntad. La segunda tiene que ver con nuestras necesidades: El alimento, el perdón y la protección. Ese orden es importante. Dios debe ocupar el primer lugar en nuestros sentimientos, pensamientos y deseos.

       

Jesús comienza por invitar a sus discípulos a llamar a Dios “nuestro Padre”; porque Él es aquel que nos llama sus hijos. Ya no es solo el Dios del pueblo de Israel, sino que Él es el Padre, el protector celestial de aquellos que siguen a Jesús.

Cada uno de nosotros puede gozar del privilegio de acercarse a Dios con toda libertad y confianza. Podemos gozar de la misericordia del Padre (Lucas 6:36), de su perdón (Marcos 11:25), de sus cuidados (Mateo 6:32) y de su disciplina que nos trae bienestar (Hebreos 12:5-6).

Nuestro Padre está en los cielos. Él es Dios que vino hasta nosotros en la persona de Jesús y permanece por encima de nosotros. Todo lo que sucede finalmente está en su mano. Y ese Dios tan grande y poderoso es nuestro Padre. Podemos hablarle como hijos. ¡Qué privilegio!

Servidor en Cristo,

 

RICARDO CASTILLO P.

Pastor Presidente ICCC

 

 

 

NO ESTAMOS SOLOS EN LA TEMPESTAD

 

Eran doce hombres en una barca, quienes hacia las tres de la mañana, remaban con dificultad. Luchaban tratando de alcanzar la ribera del mar de Galilea, enfrentados a las fuertes olas y al viento contrario. Habían tenido una jornada muy ajetreada y ahora, agotados por el cansancio, debían mantener el rumbo en esa noche tempestuosa (Marcos 6:45-52). ¿Por qué el Señor permitía esa situación? ¿Por qué los había enviado a subir a la barca y cruzar el lago? ¿No sabía él que esa tempestad iba a ocurrir? Los discípulos estaban extenuados. ¿Por qué no volver al punto de partida? De todos modos, el Maestro no estaba presente y aparentemente no hacía nada para ayudarlos.

Pensamientos semejantes a éstos nos vienen a la mente cuando sopla la tempestad. Cuando las penas, la enfermedad, el fracaso, nos parecen invencibles… Leemos al fin del relato que Jesús les dijo: ¡Tened ánimo; yo soy, no temáis! Y subió a ellos en la barca, y se calmó el viento (v. 50- 51).

Pensar que Dios preparó el fin de la prueba antes de que ésta empezara y que siempre tiene en su mente y corazón el bienestar de sus hijos, ¿No nos tranquiliza? ¿No deberíamos apoyarnos confiadamente en esas certezas, aun cuando no entendamos en el primer momento la meta que él persigue?

Amados, recordemos que si permanecemos en Él, el Señor ha prometido estar con nosotros en todo tiempo y circunstancia y que él es fiel a todas sus promesas.

 

 

Fraternal abrazo,

 

RICARDO CASTILLO P.

Pastor Presidente ICCC