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La obra sobre la cruz

“Entonces Jesús volvió a gritar con fuerza, y entregó su espíritu. En ese momento la cortina del santuario del templo se partió en dos, de arriba abajo…” Mateo 27:50-51

La cruz es probablemente el instrumento de ejecución más cruel inventado por el hombre;  no solo por el intenso dolor y la total indefensión de la víctima, sino por la vergüenza y deshonra que esta clase de muerte implica. La palabra de Dios nos dice que es “maldito todo aquel que es colgado en un madero” (Gal 3:13).

La crucifixión es un espectáculo perverso porque el que muere crucificado pasa muchas horas de sufrimiento. La cruz fue un instrumento de humillación y muchas veces a los criminales se les dejaba en ella cuando ya habían muerto, como una advertencia pública de la suerte que correrían quienes se opusieran a la ley.

Cristo voluntariamente sufrió y murió en la cruz por nosotros. Él nos redimió de la maldición de la ley, tomando el lugar que nos correspondía. En el momento en que tomo nuestros pecados sobre Él, el Padre inmaculado y justo lo abandonó. Vemos la desesperación de Cristo cuando clamó en ese momento al Padre “¿Dios mío, Dios mío, por qué me has desamparado?”. Brevemente se nos dice después, que Cristo entregó su espíritu (Mateo 27:46 y 50).

Jesús dio su vida tomando la responsabilidad de los pecados de la humanidad sobre Él. En el momento de su muerte, el velo del templo que separaba el Santo de los Santos del resto del templo fue rasgado indicando que Cristo fue el cordero perfecto, que es nuestro Sumo Sacerdote y que todos los que creemos en Él tenemos acceso a Dios. La fuerza de la ley fue quitada y desde ese momento es posible entrar en el “lugar santísimo”.

A veces hablamos de lo “maravilloso” de la cruz, pero lo maravilloso no es la madera sino lo que sucedió en ella. Es Cristo y su obra de amor, no la cruz, lo que es maravilloso.

Hoy tu y yo podemos unirnos para orar: Gracias Señor Jesús por redimirnos de la maldición de la ley, por sufrir y morir en nuestro lugar para pagar el castigo por nuestros pecados. Amen.

Sirviendo con gozo al Señor,

Ricardo Castillo P.
Pastor Presidente ICCC

El Cristiano y la Política

En Latinoamérica los cristianos evangélicos viven en agitación, confusión, tentación y manipulación respecto a la vida política. Esto es más evidente en tiempos de elecciones, cuando los partidos políticos desean conseguir apoyo de éste numeroso sector social y cuando los creyentes se ven tentados a usarse a sí mismos para provecho personal.

A los procesos electorales se unen los retos de una cultura de rápidos cambios, así como el bochornoso actuar de algunos “creyentes” en la arena política. Esto ha llevado a que muchos evangélicos pierdan todo interés de participar en ella.

Tres criterios que los cristianos debieran tener en cuenta a la hora de actuar políticamente, son:

1. Aceptemos responsabilidades. 1 Pedro 2:9 El cristianismo no es una secta gnóstica alejada de todo, sino que entiende su responsabilidad en un mundo caído pero creado como bueno. Tengamos claro que la actividad política no tiene como fin redimir al mundo, pero en él somos tanto peregrinos como ciudadanos y debemos buscar el bien de nuestra ciudad y de nuestra nación. Nuestra principal manera de lograrlo, antes que votar, es por medio del ayuno y la oración.

2. Seamos atrevidos y prudentes. Mateo 5: 13-16. Debemos ser atrevidos, influenciar como sal y luz en la tierra. Pero si tenemos que sostener posiciones culturalmente impopulares debemos ser cuidadosos. Hay que atreverse sin ser “atrevido”, no confundamos arrojo y valentía con impertinencia y desatino.

No arriesguemos nuestra credibilidad ni el testimonio del pueblo cristiano. No negociemos nuestras convicciones bíblicas, pero respetemos a todas las personas.

3. Tengamos claridad de juicio. 1 Timoteo 2:1-5. La caza de votos en el mercado electoral daña tanto a la iglesia como al resto de la gente. Si no se deja esto de lado, las iglesias seguirán siendo para los políticos como la amante que se busca sólo para el momento. Votemos a conciencia, pero recordemos que ya tenemos un Soberano, a Jesucristo, del cual somos embajadores y que su dominio no se limita a los resultados de una elección “democrática” en las naciones.

Servidor,

Ricardo Castillo
Pastor Presidente ICCC