Categorías

Archivo de Publicaciones

Últimos Comentarios

    JESÚS, UN NOMBRE SIN IGUAL

    Mateo 1:18-21

    “El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo. José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente. Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.”

    Para muchos, “Jesús” es solo un nombre. Otros piensan que Jesús fue un profeta muy famoso, un hombre que vino enviado por Dios. Para nosotros, los cristianos, Jesús es mucho más que todo esto. Es Dios mismo encarnado en la persona del Hijo.

    En la gloria, donde estaba desde antes de la creación del mundo, el Hijo de Dios no tenía nombre de hombre. Pero, al ser manifestado en carne, recibió uno: “Jesús.” En el idioma hebreo, este nombre significa “el salvador”. En Hebreos 1:4 dice que Jesús fue “hecho tanto superior a los ángeles, cuanto heredó más excelente nombre que ellos.” También dice la Biblia que Dios “le dio un nombre que es sobre todo nombre.” (Filipenses 2:9).

    En el Antiguo Testamento, cientos de años antes del nacimiento de Jesús, su nombre era motivo de inspiración de profetas y salmistas. El profeta Isaías anunció: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.” (Isaías 9:6).

    El nombre de Jesús es señal de autoridad y poder para los que en él han creído. Así dijo el Señor: “Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.” (Marcos 16:17-18). También el apóstol Pablo escribió en su carta a los Filipenses que “en el nombre de Jesús se doblaría toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confesaría que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.” (Filipenses 2:10).

    Y si nos reunimos en su nombre, podemos tener la completa seguridad que él estará con nosotros. Así lo prometió en Mateo 18:20: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.” Y nos ha asegurado que todas nuestras necesidades serán suplidas cuando acudamos al Padre en su nombre. “Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.” (Juan 14:13).

    No hay otro nombre dado a los hombres que tenga el poder de salvarnos de la condenación eterna y darnos la entrada al cielo. Sólo a través de Jesús, por su muerte en la cruz del Calvario y su posterior resurrección, somos perdonados, justificados y reconciliados con Dios Padre. “Todo aquel que confiese que Jesús es el hijo de Dios, Dios permanece en el, y el en Dios” (1 Juan 4,15) Si has aceptado a Jesucristo como tu Salvador, ¡Gloria sea al Señor! Si aun no lo has hecho, y crees en tu corazón todo lo que te ha dicho hoy la palabra de Dios, confiesa ante el Señor tus pecados, arrepiéntete e invita a Jesús a entrar en tu vida, “y serás salvo, tú y tu casa.” (Hechos 16:31).

    ORACION: Padre santo, gracias por tu Hijo Jesucristo y por la salvación eterna que a través de él nos ofreces. Hoy traigo ante tu altar a mis familiares y amigos que no conocen el poder de ese nombre maravilloso que es sobre todo nombre. Bendícelos, envuélvelos con tu amor y tu misericordia y caminen guiados por tu Santo Espíritu. Te lo pido en el nombre poderoso de Jesús, Amén.

    Bendiciones,

    Ricardo Castillo P.
    Pastor Presidente ICCC

    EL VERDADERO PROPÓSITO

    Eclesiastés 2: 10-11 Todo lo que quise lo hice mío; no me negué ningún placer. Hasta descubrí que me daba gran satisfacción trabajar mucho, la recompensa de toda mi labor; pero al observar todo lo que había logrado con tanto esfuerzo, vi que nada tenía sentido; era como perseguir el viento. No había absolutamente nada que valiera la pena en ninguna parte.

    Cuando Salomón, el autor del libro de Eclesiastés decidió tener un propósito en la vida, comenzó a acumular dinero, sólo para descubrir que esto no le proporcionaba la felicidad. Entonces buscó poder, lo logró, y descubrió que esto tampoco lo satisfacía. Luego vino una escandalosa búsqueda de placer, fama y celebridad. Por último, al final de todos sus esfuerzos, expresó sus famosas palabras: “era como perseguir el viento”

    Nosotros no fuimos creados para correr tras el viento; fuimos creados para unirnos a Dios en una misión. La Biblia enseña que Dios está trabajando en todo el mundo, llenando a sus seguidores de gracia, misericordia y poder para recuperar, redimir y restaurar este planeta quebrantado. El nos llama a remangarnos la camisa y a unirnos a él con nuestros talentos, dinero, tiempo y pasión. Él desea que su misión llegue a ser nuestra. El nos está diciendo: “Puedes seguir estás corriendo tras el viento o puedes aliarte conmigo y transformar juntos este planeta herido”.

    El deseo de cambiar el mundo está plantado en el corazón de cada ser humano, y ese deseo viene directamente del corazón de Dios.

    Podemos ahogar este deseo en el egoísmo, silenciarlo con distracciones o exigencias de la vida, pero aún permanece allí. Cuando nos preguntamos si el trabajo cotidiano o nuestras tareas como padres es todo lo que hay en la vida, nos sentimos inquietos e insatisfechos. Siempre que nos preguntamos cómo ha de sentirse una vida con verdadero propósito, sentimos el llamado a algo más: A servir y a dar como fueron no solo la instrucciones sino el ejemplo de Jesús. “Porque el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”. (Mateo 20:28)

    Oremos juntos: “Padre nuestro, no queremos experimentar el vacío y la tristeza por no estar cumpliendo el propósito para el cual fuimos creados; ayúdanos a discernir la manera específica como cada uno podemos trabajar a tu lado en tu divino plan de restaurar el mundo.

    En el amor de Dios,

    Ricardo Castillo
    Pastor Presidente ICCC